2016, el año del espectáculo

por NandoTravesí


Hace unos años, Mario Vargas Llosa escribió un ensayo titulado “La civilización del espectáculo” que se leía con interés pese a que entre líneas transpirara permanentemente un tufillo a superioridad intelectual con el que su autor clasificaba los gustos “cultos” de los “populares” y en el que apoyaba, en gran medida, parte de su argumentación.

Sin embargo, tenía y sigue teniendo mucho sentido su feroz crítica a una sociedad capaz de banalizar cualquier aspecto de la realidad transformándolo todo en espectáculo; a una civilización que ha convertido la tendencia natural a pasárselo bien en un valor supremo y que hace del entretenimiento una pasión universal la cual sirve, principalmente, para dar la espalda a la realidad; a unos tiempos en los que el criterio dominante de evaluación cultural y artística es numérico y en los que se equipara automáticamente cantidad con calidad. Por esas, y por otro cúmulo de tendencias bien instaladas a estas alturas del siglo XXI, razonaba Vargas Llosa, caminamos por unos tiempos en lo que se ha generalizado la frivolidad, se ha banalizado la cultura y la política y el foco de atención está siempre puesto en la anécdota, la chismografía, el morbo y el escándalo.

Sí, todo esto decía Vargas Llosa en 2012 (apenas dos años después de recibir el Nobel) destilando a menudo un desprecio poco disimulado hacia la democratización y degradación de la cultura, la supremacía de la imagen sobre las ideas y el triunfo de la prensa sensacionalista y del corazón sobre el periodismo serio y responsable.

Sí, el mismo Vargas Llosa que tres años después se atrevería a subirse a las tablas del Teatro Español para protagonizar junto a Aitana Sánchez Gijón una obra escrita por él mismo, Los cuentos de la peste para levantar el estupor y el bochorno entre los espectadores, la polémica entre la profesión por su sueldo diario, y los dardos de la crítica por su plana y acartonada actuación.

Sí, el mismísimo Vargas Llosa que muy poquito de después de asaltar los escenarios sorprendería a propios y extraños con su relación sentimental con el tótem de la frivolidad del papel cuché, Isabel Preysler, y desembarcaría en las portadas de las revistas del corazón hablando de las intimidades de su noviazgo, paradójicamente muchas de ellas de la revista Hola que tanto critica en su ensayo.

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¡Vivir para ver! Sí, todo proveniente del mismo Vargas Llosa cuya evolución respecto a la cultura del espectáculo recuerda a la de esos activistas integristas ultra religiosos que atacan y censuran la homosexualidad enarbolando la bandera y los valores de la familia tradicional y después se les descubre con un hombre bajo las sábanas.

Cuéntame lo que criticas y desprecias con fuerza que así conoceré tus pasiones.

Pero pese a todo, el Vargas Llosa que escribió ese libro tenía y sigue teniendo parte de razón:

En este 2016 en el que varios países nos han noqueado con resultados electorales que (pese a los largos debates que se quieran dar) van abiertamente en contra del interés general, contra principios básicos universales tan simples como la igualdad y la no discriminación; o contra procesos sin duda defectuosos pero que intentan ir avanzando poco a poco (como la Unión Europea o el proceso de paz colombiano); y que nos hacen retroceder años, décadas de progreso y esfuerzo común, vale la pena revisar algunas de las conclusiones de su libro.

Porque pese a las teorías económicas y políticas que intentan revelar también la naturaleza de estos fenómenos complejos, cabe preguntarse si la teoría que Vargas Llosa explicaba en su Civilización del Espectáculo no es capaz de explicarlo todo de manera más fácil. Incluso a él mismo. Porque estamos, efectivamente, en una sociedad en la que el debate político público va desapareciendo, va quedando sustituido por una sucesión de cápsulas de información superficial, por una cadena de “clicks”, que buscan, sobre todo, entretener y divertir. Por una actividad política en la que el marketing, las campañas, las dinámicas internas de los partidos y las luchas entre ellos, los eslóganes… ocupan mucho más tiempo y espacio que los debates de razones, programas o ideas.

El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad está obligado a dar una atención primordial al gesto y la forma que importan más que sus valores, convicciones y principios”, decía con acierto el escritor peruano. Describiendo que hoy en día se entiende la vida política como la pista de un circo, como un escenario (por otra parte, totalmente ausente de estadistas y plagada de pésimos actores), como el plató de televisión de un reality-show; y se premia y prioriza al que más entretiene, al que más divierte, al que por odio o por amor, arrastra a más audiencia.

Por eso Donald Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos (aunque aún duela el alma al escribirlo). Porque pese a que existan otras consideraciones socio económicas entre su variado espectro de votantes ha primado, sobre todo, su perfil de celebridad, de ese eterno personaje de televisión que Norte América lleva décadas siguiendo.

Porque pese a su racismo, su manifiesta ignorancia y sus mentiras contrastadas; su machismo, su demostrada falta de moral y ética en los negocios (tiene, abiertos, al menos unos 75 casos judiciales de los más de 4,000 que le han involucrado de una u otra manera en los últimos años; el último, el famoso fraude por su “Universidad” lo cerró pagando 25 millones de dólares a los demandantes al poco de ganar las elecciones para evitar un juicio que se hubiera abierto a finales de noviembre); su carencia absoluta de interés por el concepto de Estado y el bien común (como ha declarado reiteradamente no pagar impuestos le hace una persona inteligente y sigue negándose a hacer pública su declaración de impuestos en contra de la tradición presidencial norteamericana); y, por si fuera poco, sus primeras decisiones públicas que apuntan con decisión hacia el nepotismo y la cleptocracia… sobre todo eso ha triunfado su imagen histriónica de entretenedor que, paradójicamente, se presenta como defensor de las clases populares trabajadoras.

¡Vivir para ver!

Pero ahí está: seguido y aplaudido por una gran parte de la población porque las sociedades ya no somos tales sino que nos hemos convertido en mera audiencia. Y consigue mucho más rating un personaje de la televisión recauchutado ahora en político, lleno de bufonadas y barbaridades que entretiene al mundo desde su twitter con sus desbarros e irreverencias que un programa político técnico y detallado.

Del mismo modo que es posible que el Vargas Llosa que aparece del brazo de la Preysler en la portada del Hola atraiga a mucha más audiencia que el que recibe el Nobel.

El 2016 baja el telón. Terror da el próximo acto.

Y muchos, andamos llenos de ansiedad mirando alrededor, buscando las salidas de emergencia.

 

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