Ver para aprender

por NandoTravesí


Cuando un objetivo parece inabarcable, cuando un problema se antoja casi irresoluble, entender y aprehender sus complejidades puede ser mucho más útil que encontrar su solución.

Ser capaz de descifrar sus detalles, de reconstruir los sinuosos trayectos de los los hilos que han ido enredándose, por mil y un motivos, hasta crear nudos imposibles de desatar; entender las milimétricas partículas que lo conforman; las minúsculas pinceladas que juntas y combinadas pintan un cuadro que nos desborda, que nos desafía con sus colores preguntándonos con arrogancia si seremos capaces de mirarlo con otra perspectiva, de concebirlo desde otra dimension.

Y, además de las sesudas tesis, análisis técnicos, investigaciones de campo, libros e informes especializados que tratan de hacerlo, el arte (cuando lo es) nos lleva a entender realidades hasta fronteras que la razón no alcanza y puede convertirse en uno de los mejores instrumentos para comprender lo que nos cuesta entender e incluso concebir.

Colombia, 2016: por fin se escucha el fuerte rumor de vientos de paz donde imperaron tambores de guerra durante años y años. Y la posibilidad, cada vez más cercana, de terminar una guerra merecerá una celebración y un gran respiro de alivio para, sobre todo, tomar fuerzas y afrontar un nuevo capítulo en la historia de Colombia que aún está por escribir. Una Historia que desde sus primeras líneas tendrá desafíos gigantescos y retos que parecen y parecerán inabarcables.

Cuando la violencia se ha ido acumulando durante décadas, cuando la sangre ha caído sobre mojado y gota a gota se ha convertido en un océano, no puede desaparecer en un día. Ni se seca la tierra inundada ni tampoco quienes nadaron en ella o a quienes salpicó. Y a menudo esa violencia, como la humedad, puede haber penetrado tanto y estar tan impregnada que puede seguir corriendo por las venas durante mucho tiempo y, a veces, incluso se hereda.

Ahora que Colombia se plantea un futuro diferente al de un conflicto armado y en múltiples foros se discute, y procura brindarse la oportunidad para reflexionar cómo debe ser un país sin guerra, cualquier oportunidad para debatir y pensar con profundidad, suma.

Y hay momentos en los que, en lugar de tratar de diseñar soluciones, puede ser mucho más útil y efectivo lanzarse en caída libre sobre las fisuras invisibles de la geografía de la realidad.

Y eso es lo que hace la película Magallanes:

Llevarnos a un vertiginoso viaje por los impactos individuales y sociales de la guerra Peruana que persisten aún hoy.

Recrear el trazado preciso de los signos de interrogación con los que se rubrica la realidad que se escribe tras los años en los que la violencia fue la partícula fundamente del aire que respiró una sociedad. Escritos a veces a base de remordimientos, a veces de sentimientos de culpa o deseos de venganza (a menudo regados con alcohol) y también con el firme deseo de poder vivir con tranquilidad y dignidad.

Esbozar el plano de la montaña rusa en la que viajan la moral y las certezas, en la que las realidades se invierten y se difumina las líneas que a veces separan el mal y el bien.

Pintar un dibujo de la normalidad que impone una compleja y cotidiana proximidad entre las víctimas y los perpetradores y en la que navegan las necesidades básicas con los recuerdos; las  emociones con la necesidad de expiar la culpa; la impunidad con la doble (a veces  triple) moral de quien siente que la justicia puede estar en su mano.

Trazar un croquis que muestra que las relaciones verticales de poder, mando y subordinación no terminan fácilmente aunque los uniformes queden guardados en el armario; y que el impacto de las vivencias de la guerra persisten entre los que la sufrieron y entre los que la ejercieron de mil y una manera distintas. Entre estos últimos, a veces repudiándola y queriéndola olvidar. A veces añorándola con nostalgia…

Sacar la foto precisa de la línea divisoria que fractura un país (representadas en este caso en dos Limas que coexisten en paralelo y cuyas intersecciones son siempre violentas), y el valor del dinero y el papel que se le otorga a la verdad, la memoria y las disculpas en un lado y en el otro.

Todo el mundo sabe que el arte puede ser un recurso accesible e invalorable para las reflexiones personales y colectivas sobre los temas más complejos. Y es posible que ya comenzara sus propias reflexiones sobre éstos durante el reciente Festival de Teatro Off de Bogotá.

Tiene la posibilidad de seguir haciéndolo eligiendo buen cine. Y si no lo ha hecho ya, vea Magallanes. E incluso repita.

Porque independientemente de los premios y reconocimientos que ha recibido la cinta peruana, y que sin duda seguirá cosechando, es una excelente oportunidad para reflexionar y aprender.

Tanto durante las casi dos horas de película como durante las muchas más que, sin duda, quedará revoloteando en su cabeza.

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