Arte sin permiso. Una fábula sobre delito cultural

por Efrén Giraldo


La historia contará que una noche de marzo un grupo de hombres armados con aerosoles violó las barreras que protegen el monumento honra y gloria de la raza. El recuento dirá que valiéndose del manto de silencio y soledad que cubre aquella zona —ya segura— los criminales entraron con sigilo en uno de los tramos usados como estacionamiento en el sur de la ciudad. La crónica explicará que, con plástica crueldad, los delincuentes —probablemente de la Capital, esa tirana celosa de sus provincias— profanaron con groseras inscripciones la límpida superficie del vehículo.

La narración alabará que se hubiera despertado la indignación colectiva frente a la barbarie de los que se alzan en armas estéticas contra la obra maestra del civismo. Un medio de la ciudad, que va con facilidad de lo regional a lo fascista, recordará algunos precedentes del crimen creativo, escasos pero similares en sevicia. Citará el caso del violinista que osó pedir dinero en un recorrido matutino y, sofocado por la policía, fue procesado por extorsión estética. “Apoyamos el arte, pero no el vandalismo” dirán que dijeron los funcionarios encargados de velar por la corrección, el comportamiento y la limpieza, y que parecen personajes sacados del laberinto tenebroso de 1984, la novela de George Orwell.

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Lo que no contarán estos registros, escritos por periodistas “culturales” que se informan llamando a profesores, es que la coartada creativa sirve también a los totalitarios que gestionan la operación social y mediática de la máquina. Tampoco explicarán que estos funcionarios se han apropiado con escaso pudor de valores como la creatividad, la expresión y la innovación. Los medios no nos mostrarán que la celebración de glorias regionales como Marco Fidel Suárez, Pedro Nel Gómez o Tomás Carrasquilla también ayudó a dar lustre como empresa civilizadora y moralizante a la organización en que trabajan.

Pero es muy poco lo que se puede esperar de una ciudad donde no existe la crítica y donde la mediación está hecha por medianías. Por lo pronto, vale la pena decir que no se debe ser selectivo con lo que, a la larga, también es arte y expresión. Del mismo modo, es necesario evitar las “cruzadas” en nombre de la defensa de la infraestructura, a la que, en este caso, un lavado restituye en su asepsia. Es responsabilidad de las autoridades y de los medios no demonizar lo que acabará también siendo patrimonio futuro. Es inútil acudir a consignas vacías que acaban en paradoja, pues la “cultura metro” es ya —casi— una contradicción de términos.

No deja de ser significativo que estas condenas a la creación hecha “sin permiso” ocurran de manera simultánea con la defensa del arte público, el patrimonio y la democratización del libro. Las ediciones masivas del programa Palabras Rodantes, las reproducciones de obras de arte y pasajes literarios dentro de los vehículos o los homenajes a artistas y escritores con sus firmas en las caras externas de los vagones cumplen una función que debería ser comprensiva, no excluyente. Es necesario albergar formas artísticas emergentes o que pueden molestar con su irreverencia y su manera de manifestarse. Esto, por supuesto, no supone su asentimiento, sino su evaluación como fenómeno social, no de seguridad. —Acaso, llegue alguna vez el día en que una crítica de arte aguda nos diga por qué la obra vandálica es mala por razones estéticas, y no policiales. Acaso, llegue una vez el día en que la teoría del arte no nos la enseñen el alcalde y sus funcionarios—.

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Debe recordarse que muchos de los tenidos hoy por glorias regionales en instituciones y medios como el Metro de Medellín o el periódico El Colombiano fueron en su momento seres de la contracultura y la disrupción. Sabemos que artistas y autores como Fernando González y Débora Arango, que escandalizaron a la sociedad de su tiempo, son hoy los próceres, y casi que la propiedad, de los sectores más conservadores de la sociedad antioqueña.

Es fama que el artista Jean Dubuffet dijo en los años cincuenta que “arte es lo que hacemos” y “cultura lo que nos hacen”. A todas estas, cabría preguntarse dónde están los grises funcionarios de la cultura en Medellín, aquellos que se cocinan en su laconismo e insignificancia, que jamás fijan posición y, en las últimas administraciones, solo parecen convidados de piedra que nada alcanzan a decir en medio de los debates políticos cruciales. Quizás, deberían aparecer ellos, puesto que nuestros medios regionales rara vez tienen la capacidad de llegar a tiempo —y con tino— a las cosas que hoy importan del arte y la cultura.

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