Coleccionistas de nada

por NandoTravesí


La aparición de las cámaras digitales primero y su difusión masiva después, supuso el fin de la fotografía selectiva. La dependencia del revelado ha quedado tan atrás que hoy los más jóvenes ni siquiera saben en qué consistía aquel ritual: la compra de carretes, usarlo espaciadamente durante semanas (¡o incluso meses!) llevarlo a la tienda para poder recoger las fotos en papel unos días más tarde, enfrentarse a la encrucijada entre el brillo o el mate, calcular las ofertas del “2 por 1” para poder tener copias que repartir entre familia y amigos y después… descubrir la decepción de la foto que imaginábamos perfecta pero que salió desenfocada; pasearse por los recuerdos colocando las que más nos gustaban en el álbum o seleccionar a contraluz el negativo para encargar la ampliación de la que resultó estupenda…. Pequeños detalles de la vida que han cambiado y que nos han cambiado.

Pero es especialmente la instantaneidad, el hecho de prescindir del lapso de tiempo que existía desde que se tomaba la imagen hasta que podíamos contemplarla impresa (hasta que “era nuestra”), lo que ha supuesto verdadero cambio social el cual no hace más que seguir evolucionando a toda velocidad con la masiva presencia de teléfonos inteligentes en nuestras vidas dotados de cámaras de alta calidad. Fotografiarlo todo ya no cuesta trabajo. Ni esfuerzo, ni tiempo ni dinero y los cambios en el comportamiento que eso ha supuesto pueden verse en el día a día, en las redes sociales, en la obsesión por las selfies, en tomar múltiples fotos de lo mismo (por si acaso) en almacenar miles de fotografías digitales en nuestros ordenadores que pocas veces revisamos y en muchos otros campos de la realidad.

Pero llama especialmente la atención en los museos.

Las pinacotecas de las grandes ciudades del mundo son parada obligatoria de cientos de miles, millones, de turistas que abarrotan sus salas y pasillos en cualquier época del año. Tanta, que a menudo el ambiente que se respira en los museos se asemeja mucho al de un centro comercial. Tanto por el ruido de fondo de la muchedumbre y las conversaciones a gritos (pareciera que los encargados de sala se hubieran rendido a la evidencia y han dejado de pedir silencio) como por la relación de la gente con el espacio y con las obras de arte.

¿Dónde quedó la contemplación tranquila y silenciosa de las obras de arte (si alguna vez existió)?

Hoy es más que frecuente ver al gentío paseándose por los museos tomando compulsivamente fotografías de las obras de arte e incluso, acto seguido, de las leyendas explicativas que las acompañan; o bien usándolas como telón de fondo para hacerse una selfie pero dedicándolas sólo el breve tiempo que requiere la operación fotográfica o, si acaso, repetir unas cuantas veces para encontrar el ángulo y el posado correcto. Hacer, descartar, hacer descartar y, por si acaso, tres o cuatro tomas más.

Observando el comportamiento de estos coleccionistas de la nada cabe preguntarse si el imponente repertorio de fotografías que se llevan consigo será después revisado alguna vez… Quizá (dirán los mejor pensados) sea, efectivamente, para poder deleitarse más tarde con las obras de arte. Viéndolas tranquilamente en el salón de su casa, saboreando las imágenes y explicaciones con el tiempo y la tranquilidad que los museos ya no ofrecen. Quizá sea para llevárselas a alguien, un regalo especial para quien no pudo ir a verlas personalmente.

O quizá (dirán otros menos maganánimos) sólo sea para saciar el ego propio y sacar a pasear la vanidad exhibiendo la colección de fotos-trofeo en el muro virtual en las que la obra de arte, en realidad, no importa: el autorretrato es el verdadero protagonista que pone a su servicio esa pieza de arte única que ha pasado a la historia junto a la que ahora nos fotografiamos. Que para importante, ya está siempre uno mismo.

A juzgar por las nuevas regulaciones que se están implantando, el último ejemplo sería el caso mayoritario. Los museos llevan observando con preocupación el fenómeno desde hace tiempo y preguntándose cuál es la mejor manera de promocionar y difundir el arte que encierran y, a la vez, controlar a las multitudes desenfrenadas que recorren sus pasillos con afán de posesión fotográfica y mentalidad de consumidor, sin tomar conciencia, realmente, de donde están o lo que tienen alrededor.

Pero como siempre las cosas puede ir un poco más allá, pronto se superó el límite del brazo y siguió la proliferación de los palos extensibles para hacerse selfies, los cuales han potenciado de tal manera la obsesión por los autorretratos junto a las obras de arte que los museos norteamericanos, uno a uno, han ido prohibiéndolos en sus salas por considerarlos peligrosos tanto para las obras de arte como para los demás, pues invaden el espacio personal de otros visitantes. Y después, la prohibición ha saltado el océando para implementarse también en casi todos los grandes musesos de Europa.

Es cierto que la prohibición no impedirá seguir usando cámaras y teléfonos. Pero al menos los limita al espacio personal propio, allá hasta donde llegue el brazo de cada cual. Y si quiere franquearse ese límite habrá que volver a recurrir al clásico, y hoy ya extraña costumbre, de pedirle a alguien que nos saque la foto. O quizá eso sea ya demasiado contacto humano para esta época…

En definitiva, cuando vaya a un museo ya tiene otra cosa que observar: la curiosa relación del visitante con las obras de arte que no deja en el guardarropa la obsesión por fotografiarlo todo y por auto-fotografiarse junto a todo. Y al observarlo puede preguntarse si detrás se esconde la codicia automática del consumidor de querer poseer y apropiarse de todo. De querer sentirse propietario también de obras de arte únicas e inaccesibles pero que convertirá en “un poco suyas” así sea dejándolas encerradas en el sótano de un archivo digital, arrinconadas en el fondo de un disco duro que acumulará polvo virtual por falta de uso.

O si, quizá, la verdadera razón es que el poder de la imagen ha conseguido ya desbancar completamente a la realidad.

Y la pobre realidad ya no solo no supera la ficción sino que además tiene que asumir que la ficción es más real que la vida misma.

Porque reproducir es más importante que vivir, la transmisión más relevante que el directo y para que muchas cosas adquieran verdadera importancia, peso y dimensión no basta con que sean importantes, pesadas o inmensas… necesitan, además, ser retransmitidas para que (pese a que existan) existan de verdad.

Ninguna realidad tiene hoy posibilidad de ser considerada si no está representada de algún modo en un soporte digital. Si no es capaz de evocar un pedazo de ficción.

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