Que fallen las quinielas

por NandoTravesí


A día de hoy, ya no entiendo muy bien cuál es la diferencia entre encuestas y quinielas.

Las encuestas dijeron que no habría Brexit y lo hubo.

Las encuestas dijeron que no ganaría Trump y ganó.

Las encuestas dijeron que ganaría el Sí a los Acuerdos de Paz en el referéndum colombiano y perdió.

Entre otros casos (desgraciadamente, la lista es larga) éstos fueron exponentes de una cadena que ha tirado por los suelos la credibilidad de las encuestas políticas. Sea por falta de rigor en su diseño técnico, en su implementación, por fallos garrafales en el análisis o por interferencias interesadas en la interpretación de sus resultados, las encuestas han resultado muy poco fiables y (aunque incomprensiblemente se les siga dando un papel preponderante en los medios de comunicación) poca atención deberíamos prestar a todas esas “mediciones de opinión” que aparecen por todos los lados antes de un evento importante.

Es posible que en estos tiempos en los que el rigor y la ciencia viven olvidados y denostados por los poderes públicos, quizá volver a la superstición y a las quinielas sea una manera más apropiada de manejar la realidad.

La prensa de estos días señala insistentemente que todas las quinielas apuntan a que la gran triunfadora de los Oscars de esta noche será LaLaLand. Veremos en pocas horas si tienen razón y, además de confirmar la supremacía de los juegos de azar sobre esas tonterías científicas como la estadística, nos confirma también que los Oscars son más predecibles que la política.

De ser así, los creadores de la película Moonlight se quedarán sentados en sus sillas, aplaudiendo con cara de circunstancia mientras la sangre de otra injusticia cinematográfica tiñe un poco más la alfombra roja (¿o acaso no sabían de dónde venía ese color?)

Por favor, que fallen las quinielas y gane Moonlight.

Y no porque un reconocimiento unánime y masivo a esta obra de arte terminaría (al menos por un año) con la justificada polémica sobre la discriminación racial en la industria cinematográfica norteamericana y la falta de reconocimiento de Hollywood al universo afro-americano.

Sino porque esta bella, poética, silenciosa y emotiva película (repleta de actuaciones memorables y una preciosa y ecléctica banda sonora que va desde la música de cámara a Caetano Veloso) es una profunda reflexión sobre la vida entera. Sobre la inevitable presión que emite el grupo familiar y social en el que hemos venido a nacer, la dramática tensión que se genera entre el individuo y su entorno durante su crecimiento; y sobre los abrazos y puñaladas que se dan y se reciben en el camino y que nos marcarán para siempre.

Un ensayo sobre la vulnerabilidad, la intimidad, los estereotipos y la búsqueda de la identidad mientras se camina a tientas por las contradicciones de la vida y por el estrecho margen que separa las aceras del bien y del mal en un suburbio de Miami que cuenta con una amenaza y un traficante en cada esquina.

Y aunque La La Land sea un precioso musical que nos haga salir del cine con ganas de bailar sobre los charcos y cantar agarrados a una farola emulando a Gene Kelly y se lleve un montón de premios; por favor que fallen las quinielas y como reconocimiento artístico, como premio a la mejor película, que gane Moonlight.

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