La maternidad trágica

por marevalo53


Una madre, sus dos hijos, su empleada y su nuero son los personajes de la nueva producción de la Compañía Nacional de las Artes bajo la dirección del cubano Jorge Cao, que cierra temporada esta semana en la Casa del Teatro Nacional. Adaptada por César Morales a partir de la obra El Pelícano del sueco August Strindberg,  Pequeños crímenes de familia. Capítulo 1: La madre cuenta la historia de un duelo, una familia fragmentada, un punto de donde no hay retorno. En ella, la madre, una mujer manipuladora, mentirosa y ambiciosa, toma las riendas de una casa en ruinas, después de que su marido muera en oscuras circunstancias; su hijo, un joven enfermizo y rebelde, y su hija, una mujer engañada y frustrada, la desafiarán después de conocer los secretos que les ha ocultado.

La familia es el epicentro de un drama que remite a la tragedia griega. Como si se tratara de una reescritura de La Orestíada, La madre nos retrata un matricidio en el que la venganza es una especie de destino maldito. Como Orestes en la obra de Esquilo, Francisco, el hijo (interpretado por César Morales y Alejandro Gómez), deberá vengar, con la complicidad de su hermana (Natalia Jerez  y Karen Agudelo),  la muerte de su padre, en la que su madre y su amante (Juan Fernando Sánchez y Christian Caína), como Clitemnestra y Egisto, son responsables directos. La diferencia con la tragedia, sin embargo, es que, quizás por el tiempo y el momento en que Strindberg escribe (y por su oscura personalidad), los personajes centrales no se transforman en héroes ni la venganza cobra sentido en ningún momento. La tragedia en La madre sirve de marco para entender unas relaciones familiares complejas (como las de cualquier familia) y unos personajes a los que no les queda más camino que el de la muerte. El pesimismo, así, se carga de lirismo y llega a su clímax a través de un símbolo, el fuego: ¿por qué no destruirlo todo si ya nada tiene arreglo?

El personaje central es el más interesante y se nos muestra como una antagonista compleja y cautivadora. Se construye como un símbolo: el pelícano que no ha hecho sino darle sobras de comida a sus camada. Esta mujer cría a los cuervos que terminarán sacándole los ojos. La muerte es su don, su artificio: es ella quien traza su camino y su destino, y sus hijos, victimarios y víctimas, no son más que otro de sus malévolos inventos. Como en la leyenda romántica de Frankenstein, la criatura, el monstruo, es solo una creación maldita,  abandonada a su suerte; y estas criaturas malditas que son sus hijos, desamparadas al frío, al hambre, a la manipulación, terminarán rebelándose en contra de esa madre que los alumbró pero que nunca les dio vida.

Después de Las mariposas saltan al vacío y de La noche de los adioses, Cao vuelve al surrealismo, un lenguaje escénico que le permite crear unos símbolos sutiles y potentes a un mismo tiempo, como el de la madre misma. Junto a la dirección de arte (la mejor que he visto este año y, sin duda, la razón más grande para no perderse esta obra), el director nos invita a sumergirnos en un montaje cuya fuerza escénica habita en lo que no se dice. Un árbol, que se mantiene en pie tratando de proteger unas almas condenadas, una silla mecedora que perpetúa la presencia y el recuerdo del muerto, un bastón que representa un poder a punto de quebrarse (como el de Bernarda Alba en la obra de Federico García Lorca), un espejo en el que se desfigura la vanidad de una mujer en decadencia, el frío y el hambre que resumen una miseria, un útero joven pero seco y un incendio que mata y revive a un mismo tiempo… los símbolos en escena logran crear una pieza estética a la que nos podemos acercar en distintos niveles de lectura.

De esta manera, el fuego, que en una cosmovisión católica simboliza el infierno, pero que en la mitología griega le da la vida y la muerte al fénix en un mismo momento, en una paradoja mítica, se convierte en La madre en un anhelo que los termina destruyendo, como en el mito de Prometeo, que fue castigado por traerle el calor y la luz a los hombres, o como en La vendedora de cerillas, el cuento de Hans Christian Andersen, en el que el fuego trae calor y muerte, alivio y dolor. El fuego es una bendición y una maldición; por eso es el gran símbolo del montaje de Cao: en una imagen se resumen a unos personajes complejos a quienes la muerte, la tragedia, los libra, los redime, los purifica.

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