Memorias de a párrafo: homenaje a Jaime Garzón

por marevalo53


1999. 13 de agosto. Tenía once años y estaba acabando mi primaria. Mi papá solía escuchar noticias en un radio viejísimo mientras hacía el desayuno. Era mi banda sonora en las mañanas; así, lejana, como si no fuera conmigo, oía unas voces, por allá en la cocina, que hacían ruido mientras me bañaba y me arreglaba para ir al colegio. Tengo todavía el jingle de la emisora grabado en la cabeza: “Radionet… te está informando”, que cantaban alargando la ‘e’ y con un silencio dramático antes del ‘te’. Ese día, papá me había planchado el pantalón del uniforme y tuve que ir a buscarlo en la cocina. Recuerdo que estaba sentado. Recuerdo que lloraba. ¡Papá estaba llorando! “Dile a la mamita que prenda las noticias”, me dice. “Mataron a Jaime Garzón”.

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El apartamento de Verónica Ochoa es grande y viejo. Huele a matas porque tiene muchas. Me siento en la mesa mientras ella pone a hacer un tinto. Yo preparo el celular para grabar nuestra charla. Fui a hablar con ella sobre Corruptour ¡País de mierda!, la obra de teatro (¿?) que escribió y que estrenará el viernes 13 de noviembre (un viernes 13, como el día en que mataron a Jaime Garzón). Voy como periodista, pero se siente un aire de amistad a pesar de que nos hemos visto solo un par de veces. “No es una entrevista como tal”, le digo, “vamos a hablar, a conversar, y del audio preparo la nota”. Le digo la nota, así, como si fuera una evaluación de colegio. Le digo la nota, así, ambiguo, porque no sabía bien qué iba a escribir a partir de su testimonio. Digo la nota, así, ambiguo, porque aún no sé qué estoy escribiendo a partir de su testimonio.

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Mamá enciende en RCN. Están de moda los canales privados, casi recién saliditos del horno. Suena la musiquita de última hora. “Yamid Amat dio la noticia”, le dice mi papá a mi mamá. “¿Ese es el señor del noticiero de mentiras?”, les pregunto por la víctima. Mamá me dice que sí. Mamá siempre ha entendido mis referencias personales, mis propios vocabularios.

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Verónica se enteró de la existencia del Corruptour gracias a una de sus maestras, y se enamoró de la idea casi que al instante. El concepto se lo inventó Petr Sourek en Praga, República Checa, y lo convirtió en una especie de franquicia: hay uno ya en Madrid y otro en México. Verónica lo contactó hace dos años para decirle que quería hacer una ruta del Corruptour en Colombia. “Hay casos de corrupción mucho más coyunturales”, confiesa la artista, “pero desde el principio quise trabajar con el de Jaime Garzón. Yo estaba muy peladita cuando lo asesinaron. Estaba llegando a Bogotá, y para mí ese evento cortó en dos mi vida en esta ciudad y mi vida profesional”. Verónica venía de Medellín y estaba acostumbrada a la violencia. Ella, como todos nosotros, era víctima de una de las tragedias intrigantes de los colombianos: la de la normalización de la violencia, ese mal cuyo principal síntoma es la indiferencia. “Yo entendí que, sin importar que los años pasaran, siempre volvería a Garzón”, afirma demostrando que está lejos de ser indiferente.

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Los medios no pararon de hablar de Jaime durante un buen tiempo. Después, guardaron silencio; o los hicieron guardar silencio, no sé. Lo último que recuerdo es que la muerte de Garzón tuvo su banda sonora, una canción, titulada Canela, que interpretó en un programa de entrevistas que se llamaba Yo, José Gabriel. Allí, Jaime Garzón cantó que quería morirse de manera singular. Tal vez no sabía que se iba a morir como muchos colombianos han muerto, de una manera tan poco singular en nuestro país.

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Verónica empezó la investigación con los recursos que se ganó en la Beca de Dramaturgia del Ministerio de Cultura. “Estaba mamada de la tibieza del teatro; estaba mamada de poetizar la barbarie. Quería ser más explícita: yo no quería representar a los corruptos, a los asesinos; quería hacer de la ciudad un freak show. Quería poner en la picota a los corruptos: ir allá a sus clubes, a sus cantones norte y, de alguna manera, ‘boletearlos’. Ponerles el foco”.

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La memoria es selectiva, tramposa, fragmentada. A veces se acuerda de lo que debe olvidar, a veces no. A veces reconstruye los hechos de una forma poco confiable, otras es tan vívida como el tormento. Algunas veces, la memoria inventa: es una forma de crear y construir. El recuerdo es una ficción, y no por ello es menos real.

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“Hice una lista de las personas que tenía que entrevistar: Antonio Morales, Diego León Hoyos y Alirio Uribe, quien ha sido, posiblemente, el personaje que le dio una estructura a mi obra. Uribe es el abogado que lleva el caso de Jaime Garzón. Además investigué en las hemerotecas lo que había pasado el día que lo asesinaron y también el día que había nacido. Recogí material de sus obras Zoociedad, Quac y luego Heriberto, para empezar a darle la forma a una obra que…”. Verónica guarda silencio, piensa y termina: “una obra que ya verás… porque no sabría qué decirte de la obra”.

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El recorrido empezó ahí, en la estatua de Jaime Garzón que queda diagonal a Corferias. Ahí donde le metieron seis balazos. Ahí donde aceleró por instinto y se estrelló contra un poste de luz. Ahí donde se derramó su sangre hasta la muerte. El frío de Bogotá lo dice todo: es como el aliento helado de un fantasma que le pesa a la historia de nuestro país; un fantasma vivo, de gritos heridos y callados.

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Para escribir la entrada de Atravesado, la obra de Quinta Picota que se basaba en un cuento de Andrés Caicedo, me reuní en Resortera, una oficina de proyectos teatrales, con su dramaturga. Después de la entrevista, llegó a la oficina Natalia Ramírez, una de las actrices del Corruptour, que venía de ensayo. “¿Cómo vas con eso?”, le pregunté. “No, Mauro”, me confesó con los ojos aguados. “Esta vaina es muy dura”.

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El tinto está listo, pero ya no quiero. Tengo algo revuelto en mis tripas. Verónica tuvo la oportunidad de acceder a la última entrevista que le hicieron a Garzón antes de morir. “Todo el mundo cree que la última entrevista es la de Yo, José Gabriel”, (quiero morirme de manera singular, escucho en mi cabeza), “pero en verdad fue esta que le hicieron para Laura en América, a unas cuadras de aquí. Ahí el man hizo una síntesis brillante de este país: Cada vez que un proceso de paz fracasa, la guerra se encrudece. De ninguna manera es posible dejar que las partes se paren cuando estén sentadas en la mesa de negociación. Hay un sector que se lucra de la guerra, un sector que vive de la barbarie, y hay que aclarar con nombres y apellidos quiénes son”. Pienso en la Madre Coraje de Bertolt Brecht. Se me revuelve de nuevo algo en las tripas.

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La chiva es un símbolo capitalista de la rumba capitalina. Es el cliché quinceañero de la diversión. Es la excusa para que los bogotanos dejen su ensimismamiento antipático por unos segundos y les griten o las aplaudan cuando van de camino a La Calera. Es el Party Rock Anthem criollo. El Corruptour no es la excepción: como el recorrido se hace en chiva, la gente le grita, le pita y le aplaude. Hasta que salen las azafatas por la ventana a mentarles la madre a esos que comparten responsabilidad por el asesinato, la impunidad y el olvido de Jaime Garzón. Sus caras lo valen todo.

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“¿Quieres comprar la franquicia?”, le preguntó Sourek a Verónica. “No, no tengo cómo comprar la franquicia”, le contestó. ¿Acaso quién iba a financiarlo? Estamos en un país en donde no hay presupuesto para la cultura. Estamos en un país que paga por la cabeza de algunos, pero no por sus memorias. ¡Qué le vamos a hacer!

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Rabia. Eso es lo que se escucha en sus gritos, lo que se lee en sus labios. Ahí están las azafatas que orientan el recorrido y algunos de los personajes de Garzón dándole voz a ese a quien le cortaron la garganta a balazos. Es la voz que denuncia el lucro de la guerra, que le dedica una canción de Aterciopelados al DAS, que desafía y profana al sistema que patrocinó, ejecutó y silenció el asesinato de Jaime Garzón. La rabia contra esos a quienes les resultaba incómodo lo que Garzón decía. La rabia contra esos que lo disfrazaron metafóricamente de guerrilero, como cualquier falso positivo. La rabia contra esos que, como cantará Velandia durante el recorrido, no tuvieron “los huevos pa’ dispararle de frente”.

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“¿Qué va a sentir mi papá cuando la vea?”, me pregunto mientras un paramilitar y un militar se suben a la chiva a besarse intensamente, sin parar.

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“Cuando llegué al capítulo del DAS, yo estaba cagada del susto. Abordar todo lo que el DAS había hecho, esa manera de operar, ese personaje Narváez, esa intimidación que sufrió esta periodista que los denunció…. Todo eso me daba miedo: en ese entonces vivía sola y pensaba en la persecución, en la desaparición, en la tortura, en la violación… Tenía atravesada esa mano negra de este país que se ha valido del miedo para mantenernos quietos, para quitarnos la voz”. El miedo de Verónica es el mismo que siente el público cuando se da cuenta de que la chiva está llegando al Cantón Norte, de que se están burlando de personas armadas; es el mismo que da cuando los actores se quedan ahí, solos, en esa Bogotá oscura e intolerante, después de haber incomodado y desafiado a todo el mundo; es el mismo con el que Jaime le confesó a su maquilladora que lo iban a matar dos días antes de su asesinato; es el mismo que siento al escribir esto. Sí, es miedo: esa materia prima con la que aprendemos a hablar y a hacer periodismo en este país donde, como se afirma en la obra, “si lo mataron a él, nos pueden matar a todos”.

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